En su intuición inicial, sor Maria Giuseppa recibió el don de la llamada a fundar un Instituto de hermanas para trabajar con ella en la Iglesia.
El Señor confirmó esta intuición dándole hermanas y con ellas comenzó la primera fraternidad en L’Aquila en 1870. Sor María Josefa, como San Francisco, se alegró y reconoció que el Señor le había dado hermanas. Esta conciencia vive, por la gracia del Espíritu, hoy en nosotros, sosteniéndonos para vivir en fraternidad, buscando ser constructores de comunión y asumiendo cada vez más el compartir como forma de vida y de relaciones familiares.
Para nosotros, la fraternidad es el lugar vital donde crece y se desarrolla nuestra vocación, donde la vida de consagración y la misión pueden realizarse de verdad, aceptándonos unos a otros como don de Dios y devolviendo nuestra vida a Dios y a nuestros hermanos.
El compromiso de vivir los votos atrae la ayuda de la vida de fraternidad y refuerza el vínculo espiritual entre nosotros:

La obediencia nos unifica en la búsqueda y el cumplimiento de la única voluntad de Dios;

La pobreza nos libera interiormente, disponiéndonos a amar a nuestras hermanas, en un dar y recibir recíproco;

La castidad nos hace capaces de un amor fraterno más auténtico y profundo, que viene de Dios.

En la vida de fraternidad

-según la intuición de Francisco

LAS HERMANAS EN EL ESPÍRITU DEBEN AMARSE MÁS QUE LAS HERMANAS EN LA CARNE

cfr. Fuentes Franciscanas 91; 1 R 77

Por eso, en la fórmula de profesión que tan intensamente resume las principales dimensiones de nuestra vida, afirmamos que confiamos en la ayuda fraterna de las hermanas para buscar y vivir la voluntad de Dios.