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La palabra "Vocación"

En el origen de toda vida humana sobre la tierra hay un deseo de amor y felicidad por parte de Dios Padre. Él nos ha querido y nos llama a diseñar nuestra historia con Él de una manera única e irrepetible. El primer paso hacia nuestra vocación es reconocernos concebidos desde la eternidad y sentirnos queridos y bendecidos. Hemos sido creados con un espacio en el corazón que sólo el Padre celestial puede habitar y éste es un don que hay que acoger y redescubrir: el don del Bautismo, el don de ser Hijos de Dios.

Todos vivimos y existimos dentro de la mirada amorosa del Padre. Todos, en grados diferentes, llevamos dentro ese anhelo de un Amor más grande.

Al tocar nuestro anhelo de infinito, tocamos la vocación que Dios ha escrito en nosotros y a la que sólo con nuestra libertad podemos responder.

Si nos miramos con ojos de «hijos predilectos» y si miramos a los demás y al mundo con esta ternura nos damos cuenta de que nuestra vida no es inútil ni está perdida, sino que está hecha para devolver y dar el amor recibido, está hecha para servir.
La vida está hecha para fructificar en caridad y esto se relaciona con la llamada a la santidad que el Señor hace a todos, el sueño de Dios es que nuestra vida se realice en el Amor.

concebidos desde la eternidad

Quiera el Cielo que reconozcas cuál es esa palabra, ese mensaje de Jesús que Dios quiere decir al mundo con tu vida. Déjate transformar, déjate renovar por el Espíritu, para que esto sea posible, y así no se pierda tu preciosa misión.

Vida consagrada

La vida consagrada no tiene otra tarea en la Iglesia y en el mundo que señalar la belleza de Cristo, seguir sus pasos y ser su reflejo en una vida pobre, casta y obediente que se abraza por amor a Él.

«Evangelio»: éste era el horizonte del camino de san Francisco, la meta hacia la que se dirigía Bárbara Micarelli, la plenitud de vida que todo consagrado y consagrada busca y recibe en el camino de los discípulos.

«Venid y veréis»: con esta invitación Jesús llama a acercarse a los discípulos, que no se contentan con conocerlo quedándose en la superficie, sino que quieren entrar en intimidad con Él, descubrir el lugar de su «morada». Es la Palabra del Señor, sus sentimientos, sus gestos, lo que el hombre y la mujer consagrados contemplan como auténtico camino de humanidad y eligen como forma de su existencia y concreción de su sueño de amar y ser amados.

Toda Hermana Franciscana Misionera del Niño Jesús acepta el don de la vida consagrada, que la impulsa a no vivir ya para sí misma, sino a hacer don de sí por los demás, a ser signo de la ternura de Dios que se hizo carne en el Niño de Belén.

Qué cosa nos caracteriza

Dios, nuestro Padre, nos llama en la Iglesia a vivir según el Evangelio en el seguimiento radical de Cristo, en el espíritu de oración y devoción, en una vida de fraternidad, entrega apostólica y minoridad.